Mercado de Abastos ¿Sólo cuestión de romanticismo?

Los mercados de abastos, han constituido durante años, los espacios de intercambio comercial en nuestra ciudades.

Han sido conocidos como las plazas de los pueblos, barrios y ciudades.

Eran  los sitios de reunión, donde acudían los pequeños productores, para vender sus productos alimentarios frescos, estableciendo una conexión directa entre éstos y los consumidores finales. Con el tiempo esta situación derivó en la generación de pequeños distribuidores, comerciantes minoristas que mantenían la relación directa con el productor y su cliente.

El mercado de la Cebada, a principios de siglo XX.

“la diversidad comercial es, en sí misma, de una enorme importancia para las ciudades, tanto social como económicamente. la mayoría de los usos de la diversidad a los que me refería en la primera parte del libro [aceras concurridas, parques vivos, barriadas no degradadas] dependen directa o indirectamente de la presencia de un comercio urbano abundante, cómodo y diverso. no obstante, siempre que descubramos un distrito urbano con una variedad exuberante de comercios, también descubriremos una amplia gama de otros tipos de diversidad, como oportunidades culturales de diferentes clases, variedad de escenarios y ambientes, y, sobre todo, una gran variedad de personas y usuarios. esto es algo más que un simple coincidencia. las condiciones físicas y económicas que generan la diversidad comercial están íntimamente ligadas, al mismo tiempo, a la producción, o a la presencia, de otras clases de variedad urbana”.   ‘muerte y vida de las grandes ciudades”, jane jacobs.

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La invasión de los Ultramercados


Esta semana encontramos dos noticias relacionadas con el daño al tejido comercial y social que significa la penetración de las grandes y medianas superficies en el centro de nuestras ciudades. Estas sucursales de las grandes coorporaciones de la distribución alimentaria están haciendo competencia desleal a nuestros vecinos y ahogando a los productores, sin embargo, la administración las ha elegido para “rehabilitar los mercados tradicionales”, llegando a subvencionar la jugada con dinero público.

Para colar este verdadero caballo de troya en nuestros barrios se crea la ficción de que “salvarán a los comerciantes” generando tráfico en el mercado. La realidad es que, tras las obras de varios años y millonarios costes, los comerciantes prácticamente han desaparecido, como comprobamos en el flamante mercado de San Antón, que ha abierto con un gigantesco SuperCor a planta de calle y ningún puesto minorista, cero. Según nos informaron en el propio “mercado” solo un puesto de los anteriores a la reforma va a continuar, pero su planta, la primera, aún no estaba terminada.

Algo similar va a suceder en el mercado de Barceló, con proyecto absurdo y desproporciaonado que va a acabar arruinando a los comerciantes. Y todo esto pagado con dinero público y publicitado a los grande.

A esto hay que sumarle que se ha llegado a subvencionar  la operación de compra y adaptación del no-mercado de San Miguel con 600.000 euros de nuestro dinero, una operación que ha supuesto la destrucción del mercado de abastos que disfrutaban los vecinos del barrio de los Austrias para instalar un bar de tapas tras un escenario colorido, con un hiriente historia de acoso a los comerciantes de por medio.

De esta sencilla ecuación obtenemos como resultado que, el supuesto plan de revitalización y modernización de los mercados, está significando en realidad la introducción de las grandes multinacionales en un espacio ubicado en el corazón de la ciudad donde antes había servicio público, y todo esto subvencionado con millones de euros de nuestros impuestos y convertido en propaganda.